Anillo en bandeja



Siempre imaginé que las proposiciones matrimoniales debían ocurrir en situaciones medio hollywoodenses. Bajo las estrellas durante un picnic nocturno en la cima de una montaña; o con la aparición inesperada de un anillo en tu cepillo de dientes cuando te levantás; o con el aterrizaje de un parapentista en el fondo de tu casa con la leyenda "te casarías conmigo?" pintada en la lona que lo sostiene. 
Así como las imaginé, también supuse que mi imaginación era un poco generosa de más con la realidad.  Supuse que los hombres nunca podían ser tan románticos -o cursis- como para pergeñar un plan semejante para decirle a sus novias que quieren pasar el resto de su vida con ella... Hasta que llegó el día de hoy.
Transcurría un tranquilo y ameno almuerzo en un bar céntrico, cuando mi amiga cabeceó en dirección al mozo. "Viste eso?", me preguntó medio en secreto. Yo negué con la cabeza, medio sorprendida. "¿Le habrá gustado el mozo?", me pregunté a mí misma. Y antes de que ampliar mi pensamiento, una cajita roja que se abría sobre la mesa de al lado me respondió todo: el mozo llevaba en su bandeja un anillo de compromiso que -supongo- el novio le había entregado antes de que llegara su futura esposa. La sortija llegó junto con dos copas de champagne. Puse en práctica mi técnica de lectura de labios, y deduje que de la enorme sonrisa que adornaba su rostro, él le decía: "¿Querés casarte conmigo?", y ella, estirando el dedo anular, aceptaba la propuesta asintiendo con la cabeza. Era una de esas escenas de película protagonizada por Matthew McConaughey que nunca hubiera querido presenciar en vivo y en directo.
Hoy empecé a creer en el amor de película. En ese amor hollywoodense que había descartado. En ese amor incondicional que, evidentemente, existe. En ese delirio de amor que te lleva a querer pasar tu vida junto a alguien. 
Hoy empecé a creer en el amor. Espero algún día encontrarlo.

Siempre menos



Recuerdo aquellos días dorados en los que, sin preámbulo alguno, me saludabas e iniciabas conversaciones que podían durar horas, días y hasta semanas. Nunca menos. Siempre más.
Recuerdo aquellos -pocos- encuentros en los que, tras un abrazo, contábamos los minutos para que no nos separásemos y pudiéramos seguir tan entretenidos como en el primer segundo. Nunca menos. Siempre más.
También recuerdo esos mensajes de texto que comenzaban con un simple "hola" y terminaban en un almuerzo, un café o una cerveza.
Nunca fue menos. Siempre era más. Hasta ayer. La conversación no fue tal, y ni siquiera se inició. Del abrazo -por ende- mejor ni hablar. Y hubiera sido mejor que ese mensaje quedara solo en tu bandeja de salida.
De ahora en adelante, nunca será más. Siempre habrá sido menos.

La vida en un papel


Lo llené de firmas. Todas mías, por supuesto. El garabato se repetía una y otra vez, de arriba a abajo, y de izquierda a derecha. Cuando ocupé toda la superficie, la dejé a un lado, y la reemplacé por otra que aún estaba en blanco. En esa, a mi nombre le sumé el suyo. El y yo. Yo y el (aunque el burro vaya detrás). Corazoncitos grandes, medianos, pequeños. Corazoncitos con nuestros nombres adentro. Otros, vacíos. Algunos, rotos. Varios atravesados por flechas enviadas por un cupido invisible.
Después de 10 corazones, se había llenado de tanto amor que ya no cabía ni un trazo más. En ese momento llegó él. Y en menos de un minuto, la tercera servilleta se transformó en testigo de nuestro futuro: él dibujó la distribución de los espacios en el departamento. Yo señalé el lugar donde iría nuestra cama. En el dorso, calculamos cuánto dinero necesitaríamos para pintar cada ambiente, y para comprar los muebles, y las lámparas, y la alfombrita de "Bienvenidos".
Cuando terminamos el café, nos dimos con que ya no teníamos servilletas. No importó. Las habíamos usado para algo mucho más importante que borrar rastros de la merienda: habíamos escrito toda una vida en ellas.