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Ayer me subí (o mejor dicho, bajé) por primera vez a un subte. Primer pensamiento: qué calor, por Dios. Se notaba que había descendido de la superficie terrestre y que estaba un poquito más cerca del infierno, porque parecía que todo el mundo se quemaba ahí adentro.
Este tren que nos rasca la planta de los pies resultó ser un bicho bastante impersonal. En realidad aún no logré descubrir si el bicho es impersonal o si las personas son tan individualistas que ni se miran la cara cuando suben y bajan las escaleras, ni mientras viajan.
Lo positivo es que descubrí para qué fueron inventados los reproductores de MP3, los celulares con MP3 y los Ipod: para viajar en subte!!! El ruidito que hace la cosa esta al recorrer las vías es tan escalofriante, que no hay nada mejor que una buena música para evitarlo.
Por ser mi primera vez, elegí un asiento que estaba casi al final del vagón, por lo que podía ver lo que ocurría en el que seguía. Horror. Espanto. Una telita gris (según mi ignorancia) unía uno con otro, y cada dos por tres parecía que se iban a separar. Yo sé que no es habitual leer en los diarios que hubo un accidente en el subte, pero siempre hay una primera vez para todo!
Primera estación. Segunda estación. Tercera estación. Cuarta y bajada. En menos de 10 minutos llegué a un destino que, de acuerdo con la Guía T, quedaba por lo menos a un mapita de distancia.
Qué buenos son los subtes, no?
Entre el calor, la telita gris, los MP3 y las paradas, ni me acordé de él.

Si Buenos Aires no fuera así...


Primera impresión: desorden. Primer sentimiento: pánico. Ahí estaba yo, en la puerta de la estación de ómnibus de Retiro, sintiéndome una pajuerana más, en medio de los miles que llegan a diario a Buenos Aires.
En el momento en que me asomé a la calle, la ciudad perdió ese encanto imaginario que siempre había tenido en mi mente. Hasta el lunes, yo era Faivel (el ratoncito que quería conocer "América") y estaba convencida de que un mundo maravilloso me esperaba afuera de la terminal. Sin embargo, los primeros pasos parecían indicar que iba a suceder lo contrario.
Después de instalarme en el dpto de una amiga, empecé a recorrer la ciudad con mi amada Guía T en el bolso (agradezco a Mr T o a quien la haya creado haberme permitido conocer Buenos Aires gracias a su idea). Un par de cuadras más tarde me di cuenta de que no era un lugar tan espeluznante como me había parecido al principio. Eso sí, tampoco era el país de las maravillas que imaginaba.
Muchos autos, bocinas, ruido, ómnibus, más autos, no tantas motos, gente, gente y más gente. Dos horas de caminata eran suficientes para el primer día, así que volví al dpto y me acosté a dormir.

Lo mejor es que entre tanta cosa nueva, ni siquiera te pensé.

Hasta la vista, baby...


Apretó tres veces el gatillo, mientras se mordía con fuerza el labio inferior. Cerró los ojos. "¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!", escuchó. Suspiró. Una hermosa sensación de alivio -mezclada con culpa- invadió su cuerpo, y las gotas de sudor empezaron a correr lentamente por su cuello.
Nunca antes había hecho algo así, pero en las últimas semanas había sufrido tanto, que tenía que vengarse. Cuando abrió los ojos lo encontró tirado en el piso de su habitación, hecho pedazos, tal cual se lo imaginaba.
No lloró. No se arrepintió. No se amargó. Estaba orgullosa de lo que acababa de hacer; de ella misma; de su valentía. Y ese orgullo se veía en sus diabólicos ojos marrones que, más abiertos que nunca, contemplaban lo que quedaba de él, con rabia.
Se acostó a dormir al lado de los restos. Fue la mejor siesta de su vida.
Cuando se despertó, estaba más sosegada. Agarró la escoba y la pala que había dejado junto a la puerta de la habitación antes de disparar, y empezó a barrer para que no quedaran rastros de lo que había hecho.
"Listo", se dijo a si misma. Salió de la pieza y se dirigió al lavadero, donde estaba el tacho de basura. Sacudió la pala y sonrió. La foto de Mariano, su ex novio -y el único del que se había enamorado-, ya no estaba. Ahora podía avanzar, en paz.